Alimentación y publicidad

 Abel Mariné y Mercè Piqueras

COMENTARIO EDITORIAL

Dr. Abel Mariné

Catedrático de Nutrición y Bromatología de la Facultad de Farmacia de la Universitat de Barcelona

 

Si la publicidad realmente influye en la conducta de las personas, y para esto se hace, el resultado será una dieta desequilibrada en la infancia por exceso de dulces, comida rápida, snacks y refrescos, y una dieta “saludable” en los mayores a base de productos con propiedades beneficiosas para la salud que van más allá de la simple nutrición, relegando la idea básica de que una persona sana se puede alimentar correctamente sin necesitar este tipo de productos, que tienen su sentido en las poblaciones de riesgo o afectadas de ciertas enfermedades, no en la población en general. La OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) ha llegado a responsabilizar a los anuncios de alimentación de los desequilibrios dietéticos de los niños, lo cual parece en parte cierto pero excesivo, ya que hay otras instancias más responsables, empezando sobre todo por los padres y pasando también, pero menos, por los educadores.

Por otro lado, es un hecho que ciertas afecciones relacionadas con la alimentación están aumentando en nuestra sociedad desarrollada, en la que la mayoría puede elegir qué come y cuándo come. La creciente incidencia del sobrepeso, la obesidad y el síndrome metabólico son un reflejo de los problemas de salud individual y colectiva del mundo desarrollado y también del tercer mundo.

Ante esta situación las autoridades sanitarias, nacionales e internacionales, se preocupan y se ocupan de adoptar medidas informativas y legislativas, con especial atención a las preventivas. Las relaciones entre alimentación y salud son complejas y las causas de las enfermedades de la abundancia como las citadas, así como los trastornos cardiovasculares en general y ciertos cánceres, son diversas. La alimentación es uno de los factores de riesgo, no el único.

La alimentación de las personas es fruto de una elección que es, o debiera ser, libre. A más y mejor información, más libertad, y una de las formas de información a la que se tiene acceso general es la publicidad. Evidentemente el “procesado” y la interpretación que hacemos las personas de esta publicidad dependerá de nuestra formación y educación, procesos no completados en la infancia, por lo que ésta es especialmente sensible a los mensajes publicitarios.

Por todo lo anterior, nuestra sociedad, en la que hay y debe seguir habiendo libertad de expresión, requiere que se establezcan ciertas limitaciones para que no haya influencias que se consideran negativas en la elección de los alimentos, muy especialmente en lo que afecta a los menores de edad.

Por esto la Agencia Española de Seguridad Alimentaria (AESA) ha adoptado una actitud muy activa en este campo. No deja de ser interesante que esta agencia, surgida básicamente a causa de la crisis de las vacas locas, es decir, un importante problema de seguridad alimentaria en su sentido estricto, dedique una gran atención a los problemas de la nutrición y, de hecho, de la malnutrición, que no se deben a falta de seguridad de los alimentos (en el sentido de que un alimento por estar contaminado, por ejemplo, tenga efectos nocivos), sino a una mala elección de los mismos.

Es evidente que no hay “alimentos buenos” y “alimentos malos” si han sido correctamente elaborados y cumplen con lo legislado, pero sí hay formas buenas y malas de combinarlos. Un producto de pastelería industrial o una hamburguesa, que suelen incluirse en el desafortunado concepto de “alimentos basura”, son alimentos absolutamente correctos, pero es evidente que hay que comer más verdura, legumbres y leche que estos alimentos. Pero la publicidad incide más sobre las hamburguesas que sobre las ensaladas. También es un hecho que hay más anuncios de alimentos enriquecidos con ácidos grasos omega-3 que de pescado azul que contiene omega-3 como componente propio.

No es fácil regular la publicidad, que significa regular ciertas formas de expresión social, pero algo hay que hacer. No hay que olvidar que la educación tiene mucho que decir en este ámbito, pero enseñar a comer a la infancia es tarea de los padres y la escuela sólo puede colaborar.

La vía del acuerdo es mejor que la imposición y por esto el Código PAOS (Publicidad, Actividad Física y Prevención de la Obesidad), suscrito por las empresas alimentarias bajo los auspicios de la AESA es una buena fórmula.

La solución no es fácil y cada uno, empezando por los consumidores, debe asumir sus propias responsabilidades porque, con publicidad o no, ¿hay alguien, por lo menos entre los adultos, que no sepa que es bueno tomar verduras y frutas diariamente y que los productos de pastelería industrial o las hamburguesas, por ejemplo, alimentos seguros y técnicamente correctos, son para un consumo ocasional? Y, sin embargo, comemos lo que comemos, sin que nadie nos obligue.

Vivir es elegir responsablemente y la publicidad nos aporta, lícitamente, una información que debemos modular. La comunidad científica debe proporcionar datos rigurosos y asequibles a la comprensión del ciudadano medio; la publicidad debe responder a bases correctas y no sólo a razones de marketing, y las administraciones deben regular y controlar, pero la decisión última es responsabilidad del que come si es un adulto y de los responsables correspondientes si es un menor.

Estamos ante un tema de interés general que, en cierto modo, puede parecer “poco científico” en su forma final de mensaje o alegación de publicidad, pero con indudables repercusiones en la vida y la salud de los ciudadanos.