Globalización y acceso a medicamentos en países de escasos recursos
Marta Darder
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COMENTARIO EDITORIAL |
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Albert Figueras (1) y Joan-Ramon Laporte (1,2) 1 Fundació Institut Català de Farmacologia. Departament de Farmacologia, de Terapèutica i de Toxicologia de la Universitat Autònoma de Barcelona. 2 Servicio de Farmacología Clínica. Hospital Universitario Vall d’Hebron.
Viviendo, como vivimos, rodeados de píldoras informativas que nos llegan por múltiples vías, no es extraño encontrarse cualquier mañana con el titular de “última hora” de un periódico digital que describe el alta hospitalaria de dos jóvenes afectados por la gripe A en la capital, al tiempo que, junto a la pantalla del ordenador, un recorte de prensa habla sobre la nueva campaña de Médicos sin Fronteras sobre los enfermos olvidados y esconde entre sus líneas una frase escalofriante: “8.000 personas mueren al día a consecuencia de la tuberculosis, el sida pediátrico, el Chagas, la malaria o el kala-azar”. Estas disparidades que conviven en el espacio y el tiempo son algo tan habitual, que pueden llegar a confundirnos simplemente porque la exposición continuada acabe generando una especie de tolerancia acrítica. Se estima que la esperanza de vida de los habitantes del departamento salvadoreño de Cabañas es de 62,8 años; en la capital, es de 74,6 años. ¿Cómo es posible una diferencia de 12 años de expectativa vital de una persona en sólo 53 kilómetros? Desde algunas terrazas del Sheraton de Rio de Janeiro se ve la magnífica silueta del Pan de Azúcar y la bahía carioca; este hotel está ubicado en el lujoso barrio de Leblon, donde un apartamento puede ser tan caro como en el centro de Barcelona o en Manhattan. Sin embargo, las ventanas del hotel que dan a la parte trasera, al morro, dan vista a las abigarradas construcciones de la favela Vidigal, donde enjambres humanos se ven obligados a malvivir con pocos dólares al día. ¿Es posible que un simple muro de cemento sea lo que separa a quienes disfrutan de una renta per cápita similar a la de Alemania o Estados Unidos de quienes sólo pueden dedicarse a vender helados y agua de coco para poder comer cada noche? Disparidades y desproporciones en un mundo que creemos avanzado aunque, como dice Eudald Carbonell, uno de los investigadores del yacimiento de Atapuerca (Burgos), todavía tiene que evolucionar en solidaridad y justicia para llegar a ser humano. No es de extrañar que en un contexto de sobreinformación y velocidad que obliga a simplificar, se ponga el foco y se magnifique algo simplemente porque genera un titular llamativo, al tiempo que otros asuntos tienen que ser relegados a un segundo plano –o, sencillamente, dejan de existir porque no se les presta atención–. A menudo, esta simplificación conlleva imprecisiones o mala utilización de los datos cuya enmienda ya no tiene cabida –por inútil o por extemporánea–. Por ejemplo, uno puede leer artículos de afamados epidemiólogos que mezclan en un solo párrafo lo que supuso la vacuna de la viruela o la de la polio para la humanidad con la imperiosa necesidad de vacunarse para prevenir la gripe A, pasando por alto las diferencias abismales en la gravedad de unas y otra. Algo similar sucede en un ámbito próximo que tiene que ver con la esperanza de vida, la salud, la economía y la información: los medicamentos. La terapéutica y el valor de las palabrasHablar de medicamentos en la sociedad actual y debatir el problema de las patentes, los genéricos y el acceso, significa, también, no olvidarse del uso de las palabras, puesto que son las armas que se emplean a menudo para tergiversar, para vaciar de contenido o para convencer y crear opinión. La tradición –y probablemente la llamada explosión farmacológica de la segunda mitad del siglo XX– condujo a considerar sinónimos “tratamiento” y “fármaco”, hasta el punto que si una visita al médico no va acompañada de una receta, se tiene la sensación de que falta algo, puesto que los consejos para cambiar el estilo de vida o el mismo consuelo carecen del valor fetiche de un comprimido o una inyección. Parecería que el médico que no prescribe un medicamento es un médico que no cura. La palabra “necesidad” también ha visto desdibujadas sus fronteras cuando se aplica a la terapéutica. No es raro ver cómo quien decide sobre la necesidad de que un paciente reciba un determinado medicamento ya no es el médico, basado en criterios clínicos, sino un juez a raíz de una demanda judicial. Y, amparados por la distancia de la norma escrita –siempre a la baja, para lograr el máximo consenso y la mínima oposición–, se autoriza la comercialización de numerosos principios activos que únicamente han demostrado no ser peores que el placebo (y, además, son completos desconocidos en relación a su toxicidad). Esta dinámica lleva a confundir “novedad” con “innovación”, de modo que el mercado farmacéutico de todos los países está repleto de novedades, pero es escaso en verdaderas innovaciones –aquellas moléculas que, yendo más allá de la situación actual, significan un avance cualitativo real en la mejoría de la salud de las personas. Una de las consecuencias de todo ello es el exceso que reina en el mercado farmacéutico, comparable al exceso en general que vive la sociedad, esa sociedad veloz, a la que le gusta simplificar para evitar discusiones a fondo y para poder tergiversar las palabras, usar falsos sinónimos y echar mano de eufemismos para maquillar la realidad. Y, si en un lado hay exceso, eso significa que en el otro hay carencia –o falta de acceso–. Este hecho quizás no tendría más importancia si estuviésemos hablando de marcas de automóviles o de perfumes, pero es capital cuando hablamos de medicamentos, algo que contribuye a la salud de las personas. La excelente revisión de Marta Darder sobre globalización y acceso a medicamentos en países pobres pone sobre la mesa los elementos clave para comprender por qué cuando se consideran los medicamentos un bien de consumo cualquiera en lugar de un bien del colectivo humano, se llega a situaciones que deberían movilizarnos de inmediato, como esa cifra de 8.000 personas que mueren diariamente porque no han tenido acceso a medicamentos esenciales para tratar sus enfermedades. Al hablar de los medicamentos como sector económico hay que poner sobre la mesa palabras como: patentes, precio y coste, genéricos y, cómo no, investigación y desarrollo (I+D). Parte de esas palabras están también en el origen de la problemática del exceso de medicamentos y de la falta de acceso; quizás buena parte de ello se deba a que, en el modelo actual, un mismo actor (la industria fabricante) ostenta el protagonismo desde el momento en que se patenta la nueva molécula hasta que logra convencer a médicos y usuarios para que la utilicen, pasando por la presión sobre las autoridades reguladoras para poder colocarla en el mercado. Es momento de recoger ideas con el objetivo final de cambiar el exceso por un mayor acceso, y de usar las palabras de un modo más racional. Uno se hace preguntas que parecerían lógicas. ¿Y si la comercialización de, por ejemplo, un nuevo antiinflamatorio o un nuevo antidepresivo sólo fuera autorizada en caso de que se haya demostrado que alguna característica lo hace superior al mejor de los antiinflamatorios o antidepresivos disponibles hasta el momento? Cuando un medicamento “no funciona” (es ineficaz, no es tolerado, etc.), ¿se podría garantizar el derecho a la devolución de su importe? En el mundo actual, la sanidad está gobernada por las leyes del mercado. Los pobres sin capacidad para pagar no están en el mercado. Mientras perdure esta situación, en la que los derechos de los comerciantes prevalecen sobre los derechos humanos básicos, es difícil que la industria encuentre incentivos en la investigación sobre las enfermedades desatendidas, y es difícil pensar en medidas que garanticen que las personas afectadas por las enfermedades desatendidas tengan acceso a los medicamentos que necesitan. Por otra parte, los estudios de utilización de medicamentos en países pobres ponen repetidamente de manifiesto que se destinan importantes recursos económicos y humanos a tecnologías y medicamentos inútiles o injustificadamente caros en comparación con alternativas más razonables. Más allá de los dogmatismos de la propiedad intelectual y las patentes, deberían establecerse mecanismos para asegurar que los medicamentos más necesarios y de mejor eficacia y seguridad sean los preferidos. Y no sólo a medicamentos se deberían aplicar estos mecanismos: el mercado servirá verdaderamente a la salud cuando se creen las condiciones para que desde el ámbito empresarial resulte más rentable promover la fruta en lugar de los pastelitos, el aceite de oliva en lugar de la salsa mil islas o el ejercicio en lugar de una estatina. Ha de ser posible construir una utopía sobre estos valores. Y, quién sabe, quizás los gobiernos no tendrían que pagar una factura farmacéutica desorbitada y podrían dedicar recursos a atender áreas actualmente desatendidas y a personas que carecen de acceso... a sólo a 53 kilómetros de donde se forman lobbies y se toman decisiones. Incluso a menos. |