El médico enfermo

Jaume Padrós i Selma

RESUMEN

El asunto de la salud de los médicos ha sido de siempre controvertido. La sociedad en general ha atribuido a los médicos una supuesta posesión de invulnerabilidad ante la enfermedad, como si la misma condición de galeno llevara consigo un mágico escudo protector. Parecería que el acceso a ese conocimiento ajeno al resto de los mortales les permitiera incluso poseer el secreto de la permanente y eterna salud. Y, como no podía ser de otra forma, los médicos han participado de ese subconsciente colectivo, y han sido de siempre y en la práctica incapaces de asumir adecuadamente la condición de paciente cuando la situación lo requería.

En esas circunstancias, cuando el médico enferma, éste suele actuar por exceso o por defecto, pero en todo caso lejos de lo que él mismo acostumbra a recomendar a sus pacientes. Y lo que es peor, no sabe o es incapaz de pedir ayuda. Y cuando la afección o el trastorno está en la esfera mental o se relaciona con alguna adicción la respuesta es aún más negacionista, y llega incluso a arrogante y prepotente.

Dejando aparte los factores individuales, desde la formación de pregrado y durante todo el tiempo de ejercicio profesional el médico se ve sometido a un estrés importante. La competitividad académica, el proceso de una formación continuada permanente y una puesta a punto constante, la autoexigencia, la presión asistencial, las expectativas de los pacientes y de sus familias, el miedo y la realidad de las demandas y reclamaciones, los errores y sus consecuencias, el trabajo en solitario o en organizaciones en las que se tienda a la despersonalización de la relación médico-paciente y a la limitación de la capacidad de autonomía en la toma de decisiones o en la organización de su propio trabajo, son todos ellos factores generadores del estrés profesional del médico. Sin olvidar el fenómeno de exceso de información para uno mismo que a menudo ayuda a distorsionar la realidad y el pronóstico de la propia enfermedad y el miedo a la estigmatización por parte de pacientes y de los propios colegas.

Todo ello adquiere mayor trascendencia por cuanto son muchos los valores éticos que se manejan y, porque, en definitiva, de la salud del médico depende también la capacidad de éste para desempeñar su profesión correctamente. Además, cuando la enfermedad es mental o relacionada con alguna adicción, no sólo deberíamos referirnos a un problema específico de los profesionales de la medicina, sino más bien, y en cuanto puede tener consecuencias sobre los ciudadanos, a un problema de salud pública.

Debemos reconocer que en el proceso de transformación de las formas de ejercer la medicina han aparecido nuevos elementos que se han identificado como generadores de estrés entre los profesionales y que hay que tener muy en cuenta: recursos limitados y control gubernamental, estatus profesional inferior al del pasado, mayores expectativas de los pacientes y de las familias, pleitos y denuncias, uso ilegal de drogas, aumento de la presión asistencial, mayor envejecimiento de la población y aumento de las enfermedades crónicas, demanda de una asistencia alejada de riesgos y unos medios de comunicación que muy a menudo destacan más los aspectos negativos que los positivos.

A todo ello hay que añadir los importantes cambios demográficos habidos en la profesión médica en los últimos dos decenios y que también han supuesto un cambio en los perfiles de riesgo. Por un lado, una feminización progresiva: más del 70% de los nuevos licenciados salidos de nuestras facultades de Medicina son mujeres; por otro, el fenómeno de la inmigración de médicos provenientes de otros países que en el último lustro incluso han sobrepasado el porcentaje de nuevas colegiaciones; y, por último, el progresivo envejecimiento de la profesión.

Desde la década de los 70 se ido tomando conciencia por parte de distintas organizaciones profesionales y sanitarias de la necesidad de dar una respuesta preventiva y asistencial con la finalidad de proporcionar una ayuda al médico enfermo y, al mismo tiempo, ser garantes de un buen ejercicio profesional. Son también cada vez más numerosos los estudios realizados que analizan los factores de riesgo, pero también las situaciones favorables al desarrollo de un ejercicio saludable de la profesión.

En nuestro país, la aparición del Programa de Atención al Médico Enfermo promovido por el Colegio de Médicos de Barcelona y, con posterioridad, de la Fundación Galatea del Consejo de Colegios de Médicos de Cataluña, han supuesto un gran avance en el conocimiento, la comprensión y el abordaje de los problemas de la salud del médico, especialmente cuando éstos pueden llegar a condicionar una correcta praxis profesional.

Todos estos cambios sólo serán posibles si existe una mayor concienciación sobre cuál debe ser la función corporativa de la profesión y, en este sentido, se debe producir también una evolución cultural de los propios médicos a favor de la adquisición, ya en la formación de pregrado y en la residencia, de hábitos saludables y del autocuidado bien entendido. Al mismo tiempo, los responsables de las administraciones públicas y de las organizaciones sanitarias deberían tomar conciencia de que es necesario modificar en profundidad los sistemas de organización asistencial, promoviendo los valores, actitudes y fórmulas que favorezcan un desarrollo profesional óptimo y saludable, evitando factores de estrés innecesarios que pueden acabar influyendo de forma negativa en la calidad asistencial.