El mundo ante la escasez de los alimentos
Francesc Reguant Fosas
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COMENTARIO EDITORIAL |
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Abel Mariné Font Catedrático de Nutrición y Bromatología. Facultad de Farmacia. Universidad de Barcelona
Lula da Silva, presidente del Brasil, de una forma muy directa, ha expuesto su teoría sobre el aumento de precio de los alimentos: “La causa de que la comida sea cara es que el mundo no estaba preparado para que millones de chinos, de indios y de africanos coman tres veces cada día”. Ventura & Coromina, en una reciente viñeta en La Vanguardia, lo expresaban de otro modo, según el siguiente diálogo: “El 32% de los escolares españoles no ha probado nunca las espinacas”, “eso no es nada: el 90% de los niños del tercer mundo jamás ha probado pollo, filete, pavo, hamburguesas, queso, gambas, calamares, merluza, chocolate, caviar…”. Son dos reflejos de que la falta de alimentos en muchas zonas del mundo no es un hecho reciente y de que la actual crisis económica ha repercutido en el precio y la disponibilidad de alimentos, lo que agrava el problema del hambre, que no sólo afecta al llamado tercer mundo, sino también a los económicamente débiles de los países desarrollados (cuarto mundo). La situación no es nueva. A mediados del siglo pasado, Josué de Castro, Presidente del Consejo de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) ya dijo “una mitad de la humanidad no duerme porque tiene hambre y la otra mitad no duerme porque tiene miedo de los que tienen hambre”. Hoy, unos y otros seguimos sin dormir tranquilos. Este médico y sociólogo brasileño fue clave para poner en evidencia, a finales de los años cuarenta del siglo pasado, que había hambre en muchas zonas del mundo y que para arreglarlo había que comenzar reconociendo el problema, llamar a las cosas por su nombre y no utilizar términos “vergonzantes” como “subnutrición” o “hipoalimentación”. Después había que pasar a la acción. La creación de la FAO en 1945 tenía fundamentalmente esta finalidad. Su primer director, Boyd Orr, pronto constató la falta de una verdadera cooperación internacional y el año 1948 renunció a la reelección, lamentándose con otra frase también muy ilustrativa: “El pueblo pide pan y le damos folletos”. Los pobres resultados de la última cumbre de la FAO siguen demostrando que el mundo no ha cambiado. Después de unas décadas en que parecía que el progreso económico y tecnológico permitía afirmar que el mundo puede producir alimentos suficientes para todos y que la cuestión era lograr una justa distribución de la riqueza (entre personas y entre países), parece que ahora, con una crisis económica global importante, en la que un capitalismo desenfrenado ha mostrado sus aspectos más miserables, y en la que los precios de los alimentos básicos (cereales, por ejemplo) han aumentado, volvemos a estar en la misma situación, o quizás peor, ya que la población mundial ha aumentado, no en los países desarrollados sino en los subdesarrollados, donde sigue habiendo la misma hambre, o más. Un factor nuevo es la producción de bio- o agro-combustibles, que representa desviar hacia la producción de carburantes una parte importante de las cosechas que hasta ahora estaban destinadas a la alimentación, humana y animal. Pese a todo, parece que si la distribución de la riqueza fuese más justa hay todavía alimentos para todos, pero ya empiezan a surgir voces que presagian un futuro con más escasez. Desde el punto de vista sanitario hay una diferencia fundamental en la situación actual respecto a las anteriores. En el siglo pasado el problema era el hambre y eran escasos los trastornos “por exceso” debidos a la abundancia. Hoy la situación es otra, ya que la población con sobrepeso u obesa representa una cifra equiparable a la de los hambrientos. Volviendo a la viñeta antes aludida, muchos comen pocas espinacas y demasiadas hamburguesas. Tanto una cosa como la otra acortan la esperanza de vida. Por primera vez en la historia de la humanidad, por exceso de peso y sus consecuencias, generaciones de jóvenes de los países ricos parece que vivirán menos que las generaciones que les han precedido. El sobrepeso y la obesidad afectan sobre todo a los países ricos, pero cada vez hay más obesidad también en las zonas urbanas (o suburbanas) de los países pobres. En definitiva hay dos crisis alimentarias por malnutrición (por defecto, exceso o desequilibrio), que se perciben de forma diferente según la afectación de las poblaciones implicadas: la del hambre y la de la abundancia. Ambas son de gran alcance y no parecen controladas. La globalización ha tenido un importante papel en las causas y bien gestionada también puede ser la solución. Como decía un editorial de la revista El Temps: “La globalización es una caja de misterios que os permitirá comer litchis de China a un precio razonable pero que os impedirá comprar una naranja de la finca cercana por cuatro duros”. Esta globalización es posible por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación y por la facilidad de transporte. Por otro lado, el transporte plantea una demanda ambiental y de recursos muy elevada. No tiene sentido, por ejemplo, que España produzca tomates y los exporte a Holanda y que Holanda produzca tomates para exportarlos a España o, como decía Joan Ventura en el periódico El Punt, que unas gambas pescadas en Escocia sean transportadas a China para ser peladas a mano y que luego vuelvan a la Gran Bretaña para ser rebozadas y comercializadas. El reciente, aunque luego paliado, aumento del precio del petróleo nos ha hecho más conscientes de un problema que ya señaló en 1972 The Ecologist en el “Manifiesto para la supervivencia” poniendo de relieve, por ejemplo, que “el gasto de energía que requieren el cemento (o el asfalto) y el acero necesarios para construir una autopista es tres o cuatro veces superior al que requiere la construcción de un ferrocarril y la superficie necesaria para la primera es cuatro veces mayor que para el segundo”. La expansión del transporte ha continuado y la presión sobre la demanda de combustible ha hecho que se vaya desviando hacia este sector una parte importante de la producción agraria, agravando la crisis por falta de alimentos. En el fondo nada nuevo. Ya la FAO, en los años 1960, elaboró un “Plan Agrícola Mundial”, en el que proponía aumentar las compras de alimentos de los países subdesarrollados y reducir el proteccionismo de los desarrollados, no sólo como medida de buena voluntad sino de racionalidad económica. Para incrementar la producción de cereales (básicos para la alimentación humana y animal) se proponía emplear variedades de alto rendimiento, con un uso adecuado de pesticidas. También se trataba de aprovechar al máximo las producciones autóctonas y vincular la producción agrícola a la industria para valorizarla. Todo esto sin mecanizar en exceso, allí donde no era necesario, la producción agraria de los países en vías de desarrollo, para aprovechar al máximo sus técnicas tradicionales que, además, utilizan mano de obra y evitan el paro. Con los debidos matices y adaptaciones a la situación actual, esto sigue vigente. Las ayudas para combatir el hambre no han de destruir las posibilidades locales de contribuir a disponer de alimentos a base de producciones a pequeña escala, y los mercados locales también pueden contribuir a mejorar la alimentación de los pueblos, pero no son la única vía. Obviamente esta modernización requería el uso de pesticidas en cantidades que seguirían siendo inferiores a las empleadas en el mundo desarrollado. Esto desencadenó una respuesta por parte de “ecologistas de salón” de los países ricos que tuvieron una contundente respuesta por parte de Norman Borlaug, ganador del Premio Nobel de la Paz en 1970, por sus trabajos de obtención de nuevas variedades de cereales de gran rendimiento, que contribuyeron a mejorar la situación alimentaria en América Central y del Sur y en la India (“revolución verde”). Borlaug, en la Decimosexta Conferencia de la FAO, decía: “Si a consecuencia de la legislación desacertada que promueve un poderoso grupo de intrigantes histéricos empeñados en sembrar el terror profetizando el fin del mundo por envenenamiento por productos químicos, se niega a la agricultura el uso de estos productos, el mundo estaría efectivamente condenado a perecer, no de intoxicación por productos químicos sino por hambre”. Y añadía: “Si se desterrara por completo el uso de pesticidas en los Estados Unidos, las cosechas perdidas llegarían a representar probablemente el 50% de la producción total y los precios de los alimentos se cuadruplicarían o quintuplicarían. ¿Quién atendería entonces las necesidades alimenticias de los grupos de ingresos bajos? Ciertamente no lo harían los privilegiados que se preocupan por el medio ambiente”. Precisamente uno de los países más beneficiados por los cereales diseñados por Borlaug, la India, es, con China, uno de los grandes centros de demanda de combustibles y alimentos, ya que están experimentando un desarrollo económico acelerado. Como se ha dicho, hace falta una nueva “revolución verde” que no requiera recursos tan intensivos. Aquí los alimentos transgénicos, sin ser la panacea, pueden contribuir, pero otra vez aparecen, especialmente en Europa, las resistencias procedentes del ecologismo mal entendido. No obstante, la contaminación ambiental, a la que contribuyen los pesticidas sobre todo si no se utilizan con criterios prudentes y restrictivos, es un problema que hay que considerar. Es indudable que por razones medioambientales y sanitarias la producción vegetal se ha de orientar hacia un uso controlado y mínimo de pesticidas y abonos, y que el ideal sería poder prescindir de ellos, lo cual en algunos casos es alcanzable, gracias por ejemplo a la lucha biológica contra plagas. Recordemos que, en cierto modo, podemos comer aquellos productos vegetales que las plagas nos dejan. Smil, en “Alimentar el mundo. Un reto del siglo XXI”, afirma: El único medio de mantener 10.000 millones de personas (que es una perspectiva plausible a medio plazo) con un sistema de cultivo tradicional basado exclusivamente en reciclar materia orgánica y en rotaciones de legumbres representaría duplicar, o incluso triplicar, la extensión de tierra que hoy se cultiva. Esto exigiría una eliminación completa de todas las selvas tropicales, la transformación de una gran parte de los pastos tropicales y subtropicales en tierras de cultivo y el retorno de una proporción substancial de la fuerza de trabajo a la agricultura, cosa que convierte esta opción en una mera concepción teórica”. Y añade: “En un mundo sin abonos nitrogenados sintéticos el número de habitantes del planeta debería ser de 2.000 a 3.000 millones menos que el actual, según la calidad de la dieta que estemos dispuestos a aceptar”. Hay que tener muy presente que una dieta preferentemente vegetal, que es la correcta desde el punto de vista de la nutrición y la salud, permite producir alimentos con menos superficie de tierra y recursos que una dieta excesivamente basada en productos de origen animal, que ecológicamente son más costosos, especialmente si proceden de ganado bovino, entre otras cosas porque la ganadería tiene un efecto contaminante: los gases (metano) que producen sus flatulencias y excrementos. En este sentido, como informaba La Vanguardia hace unos días, hay ahora en Australia un interesante debate sobre la posibilidad de incorporar la carne de canguro en su dieta para mitigar los efectos del cambio climático, ya que el canguro produce un tercio menos de estos gases que las vacas y las ovejas y, además, consume menos agua. No debemos olvidar, no obstante, que la carne es, entre otras cosas, la mejor de las fuentes de hierro y que juega un papel positivo, consumida con moderación, en la dieta. Obviamente, el vegetarianismo es una opción dietética válida, aunque requiere más atención a lo que se come que una dieta omnívora. El déficit alimentario mundial es, sobre todo, de proteínas. Es interesante constatar que se vuelve a considerar el producirlas también a partir de levaduras y algas, como ya se preconizaba en los años 1960. El cambio climático tiene y tendrá influencia en la producción de alimentos y en la salud. No hay que olvidar que la agricultura mundial, tal como existe actualmente, ha evolucionado durante un periodo de unos 11.000 años de una relativa estabilidad climática. Ahora que el clima está cambiando, y la agricultura y el medio ambiente en el que ésta se desarrolla se pueden ver afectados. La progresiva desertización de los países mediterráneos, por ejemplo, sería una manifestación de este problema. En este marco, el problema de la disponibilidad de agua, básica para la producción de alimentos, es clave. Hace falta mucha agua para producir un kilo de trigo, pero mucha más para producir un litro de leche o un kilo de carne. Cuando recriminamos a los sufridos agricultores que gastan demasiada agua, con más o menos eficiencia eso sí, deberíamos recordar que es esencial para producir nuestros alimentos. Se ha estimado que la cantidad de agua necesaria para producir el alimento diario de cada español llega a unos 1.500 litros por habitante y día, aunque otros estudios, citados por Brabeck-Letmathe, estiman cantidades superiores: 6.000 litros diarios en California y 3.000 en Egipto y Túnez. La escasez de los alimentos es una cuestión compleja. La alimentación y el hambre no es sólo un problema de salud. Economistas, sociólogos, antropólogos y otros expertos tienen mucho que decir y los políticos mucho que valorar para tomar sus decisiones. Así, por ejemplo, debemos considerar la repercusión que tiene sobre los precios y la disponibilidad de alimentos el dominio de los grandes distribuidores, la especulación sobre las reservas de alimentos esperando que suban los precios, etc. No es aceptable, bajo ningún concepto, que el encarecimiento de los productos hasta el consumidor final pueda llegar a ser de hasta un 400%, y esto sólo con las leyes del mercado no se arregla. Como bien se ha dicho, donde hay que centrar la cuestión es en la especulación financiera con los alimentos, el proteccionismo agrícola y la falta de voluntad política. Todos, ricos y pobres, tenemos un problema que es global y las soluciones también tienen que serlo. Tampoco hay que pensar que son problemas que nos sobrepasan a título individual y que no podemos hacer nada. Podríamos, por ejemplo, empezar por consumir preferentemente productos de proximidad, más frescos, y que no han requerido de mucho combustible para ponerlos a nuestro alcance. Y para los productos que no se producen en nuestro entorno hay que recurrir a los de otros países, muchos de ellos en vías de desarrollo, y pagar el precio justo al agricultor y ganadero debería ser la regla, no la excepción. El artículo de Francesc Reguant, economista experto en temas agrarios, aborda con rigor y claridad la complejidad de estos problemas, desde una perspectiva global y teniendo en cuenta no sólo los aspectos estrictamente económicos, sino el conjunto de factores que inciden. Con su valiosa aportación, bien argumentada y con los debidos matices, podemos conocer mejor los retos que nuestro mundo tiene planteados respecto a la que después de respirar es nuestra necesidad básica: comer para vivir. Como decía un mensaje de un póster de la Oficina de Información de Guerra de los Estados Unidos en 1943 “Los alimentos son una arma, no los malgastemos”. |