Cribado de enfermedades y factores de riesgo en personas sanas
El lado oscuro de la fuerza
Andreu Segura Benedicto
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COMENTARIO EDITORIAL |
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Francisco Ferrer Ruscalleda Jefe del Servicio de Medicina Interna y Presidente de la Comisión de Ética Asistencial. Hospital de la Cruz Roja Dos de Mayo. Barcelona.
Los límites de la medicina en las sociedades avanzadas de nuestros días no sólo pueden considerarse borrosos, sino que tienden al infinito. Esto sería, por lo menos, lo que podría desprenderse de una visión anecdótica de los impactos de los “mass media” en la población general. Salud y enfermedad eran conceptos relativamente fáciles de explicar hasta hace algunas décadas, y quedaba claro que la responsabilidad de la Medicina era diagnosticar y curar, en lo que era posible, las enfermedades. En este rol siempre se había incluido todo el conocimiento sobre salud, salubridad, saneamiento y, por tanto, consejos y recomendaciones para mantener la salud y prevenir enfermedades. Sin menosprecio de los “epidemiólogos” antiguos y de la Edad Media, que introdujeron controles para la salubridad de las aguas, de consumo y de deshecho, y aconsejaron cuarentenas a los navíos procedentes de tierras lejanas, debemos reconocer que el distintivo científico que confería credibilidad a la evitación de enfermedades fue la introducción de las vacunas. Desde Jenner y su vacuna contra la viruela a la reciente comercialización de la vacuna contra el carcinoma de cérvix uterino la Tierra ha dado muchas vueltas. Y la prevención de enfermedades también. El artículo que presentamos analiza a la perfección este fenómeno médico y social en nuestro entorno cultural del año 2008. La prevención de las enfermedades, el diagnóstico precoz de enfermedades en aquellos que no muestran indicios de padecerlas y la identificación de aquellos individuos sanos que tienen factores de riesgo, congénitos o adquiridos, de enfermar han contribuido a engordar las expectativas de bienestar -salud a cuenta del Estado- de los modernos ciudadanos, muy autónomos pero mal informados y poco colaboradores, de los países sanitariamente más desarrollados del siglo XXI. El rigor científico de la medicina basada en la evidencia, los derechos de la persona y los beneficios sociales que garantiza el Estado exigen un debate transversal para fijar los límites de la medicina en la responsabilidad de asumir el grado de salud, bienestar, felicidad y longevidad esperados por los individuos. No es el objetivo de esta colaboración del profesor Segura entrar en el debate de los derechos de la colectividad, entiéndase autoridades sanitarias, para imponer obligaciones no exentas de riesgo para su salud a los individuos sanos en beneficio de terceros, como es el caso de la erradicación o prevención de enfermedades trasmisibles: vacunaciones infantiles obligatorias o medidas de control saludable en los donantes de sangre u órganos, por ejemplo. Por el contrario, analizar los métodos para identificar precozmente a enfermos que se muestran como tales o a individuos sanos con mayor riesgo estadístico de enfermar entre toda la población, en forma de cribados generalizados, sí es materia sabiamente comentada por el autor quien, admitiendo que su práctica profesional le mantiene alejado de la asistencia a pacientes o personas concretas, no deja de aportar sus conocimientos sobre el valor y la pertinencia de exploraciones indicadas por médicos asistenciales a sus pacientes con la única finalidad de prevenir o detectar enfermedades absolutamente “invisibles” en el momento de ordenar el cribado o screening, de exhaustividad y rentabilidad médica tan variadas como, cuanto menos, curiosas. Y en las decisiones sobre la pertinencia de acciones sobre la población, o sobre el individuo, para prevenir la salud, detectar precozmente la enfermedad o factores de riesgo que predisponen a ella, especialmente técnicas genéticas de resultados poco convincentes, los límites de la medicina y de la sanidad se desbordan: salud laboral, vial, en los alimentos, en los juguetes de los más pequeños, en las construcción, en el medio ambiente, en la contaminación aérea, lumínica o acústica. Si además se observa que muchos individuos no aceptan intervenciones sanitarias ni siguen las recomendaciones de probada eficacia, que los cribados comportan yatrogenia, que la financiación pública debe estar justificada en resultados y que la ética de los médicos y de los gestores tiene también mucho que decir, el interés de esta publicación es tan transversal como la propia sociedad. |