El poder terapéutico de la escucha en medicina crítica

Clara Llubià Maristany

RESUMEN

Un porcentaje considerable de pacientes que sobrevive a un ingreso en una unidad de cuidados críticos puede presentar secuelas psicológicas después del alta. La gravedad de los síntomas es variable y puede ir desde la ansiedad, pesadillas o miedos hasta la depresión y síndrome de estrés postraumático que imposibilita llevar una vida normal. Por su parte, los familiares de los pacientes que fallecen presentan una incidencia aún mayor de síntomas ansiosos y depresiones graves.

Aunque la etiología de estas alteraciones no está completamente establecida, sí existen indicadores claros de que pueden estar relacionadas tanto con los episodios traumáticos como con las vivencias experimentadas por el paciente y el recuerdo que quede de las mismas.

El presente artículo pretende reflexionar sobre la realidad que se vive en las unidades de cuidados críticos y el olvido de que suelen ser objeto el sufrimiento del paciente y de sus allegados, así como las dificultades de comunicación que existen.

Pretende también argumentar, sobre la base de observaciones clínicas y de recientes estudios publicados, de qué modo la actitud adoptada por los profesionales puede influir tanto en la forma de vivir la experiencia como en el impacto que ésta pueda tener en el futuro.

El paciente crítico -aquel que está en riesgo de morir real o potencial con una relativa inmediatez- se convierte, por el mero hecho de serlo, en un ser frágil y fácilmente vulnerable. En las unidades de cuidados críticos se viven situaciones de dolor y molestias físicas (pinchazos, sondas, sed o falta de sueño), pero también situaciones de gran sufrimiento por el miedo, la soledad o el pánico que provoca la cercanía de la muerte. Además, la propia enfermedad o la administración de sedantes (imprescindibles para tolerar ciertos procedimientos terapéuticos) pueden provocar estados de semiinconsciencia (delirio) que hacen difícil la percepción de los límites de la realidad, y esta confusión entre lo real y lo que no lo es puede dar lugar a emociones inquietantes que pueden de perdurar en el tiempo y condicionar la vida posterior.

En estas circunstancias, el enfermo necesita y reclama dos tipos de ayuda: La primera, la resolución del proceso fisiopatológico que le trajo hasta aquí y para el que la medicina moderna está preparada (aunque no siempre lo consiga). La segunda, más sutil, menos explícita, pero igualmente importante, la de la comprensión de la situación que vive, la empatía con su dolor, su desazón, su irracionalidad incluso, su situación concreta y la atención a la globalidad de su persona y no sólo a sus órganos enfermos.

El efecto terapéutico que se deriva de mantener una buena comunicación con los enfermos es indiscutible. Y debe entenderse “comunicación” en toda la extensión de la palabra, y no sólo como el pequeño componente que supone la comunicación verbal.

El verdadero proceso comunicativo capaz de prestar al paciente la ayuda necesaria es aquel que se mueve sin miedo por el mundo de las emociones, de las actitudes, del respeto y del verdadero interés por el otro.

Por su parte, los familiares del enfermo precisan también de una atención especial por cuanto son parte del mundo del paciente, viven el proceso y sufren con él. Entre ellos, la presencia de síntomas de ansiedad o depresión es todavía más frecuente (el recuerdo es siempre vívido y no contiene elementos “ilusorios”), sobre todo entre aquellos cuyo familiar falleció después de habérsele aplicado algún tipo de limitación de tratamiento y de haber compartido la decisión con los profesionales que le atendían.

La participación de los familiares en este tipo de decisiones es habitual, puesto que los enfermos no suelen encontrarse en condiciones de decidir por sí mismos. En estos casos, las conversaciones suelen ser complejas y difíciles y tienen lugar en un clima de alta tensión emocional. Del modo como se manejen estas situaciones, de cómo el profesional sea capaz de fomentar un clima de confianza, permitiendo que se expresen y articulen los valores y las preferencias del paciente, y de cómo preste ayuda al familiar para encarar los tan frecuentes sentimientos de culpa o cualquier otro tipo de emoción negativa puede derivarse un efecto beneficioso que “cura”, suaviza y alivia o, por el contrario, uno negativo que acrecienta el dolor, la rabia o la impotencia. Varios estudios publicados refuerzan la teoría de que la satisfacción y el bienestar posteriores de los familiares de enfermos graves están muy relacionados con la calidad de estas entrevistas. La duración total tiene un valor indiscutible, pero mucho más aún la percepción de que existe coherencia por parte del equipo asistencial y sobre todo el tiempo dedicado a la escucha. Los familiares que emplearon más tiempo hablando presentaron unos índices de ansiedad más bajos.

Por último, se intenta también aventurar cuáles pueden ser algunas de las dificultades reales que existen en la práctica diaria para llevar a cabo esta escucha, tales como los hábitos de trabajo propiciados por la misma evolución de la especialidad que se ha dedicado más a los procesos orgánicos y a la tecnología aplicada que a las vivencias de los pacientes, la prisa entendida como un modo de actuar estresado, precipitado o impaciente en contraposición con lo cuidadoso, reflexivo y pausado, la concepción de la profesionalidad que prima las habilidades científico-tecnológicas sobre las de relación, comunicación y empatía, o el miedo que se manifiesta de distintas formas y ante muchas cosas, como el descontrol de las situaciones, el ridículo , o el propio sufrimiento o muerte.

Por último, se sugieren algunos de los puntos en los que se podría incidir para intentar mejorar el estado actual de las cosas. En primer lugar la docencia; es imperativo que a los estudiantes de medicina se les familiarice desde muy pronto con disciplinas como la ética, la filosofía, el derecho o las habilidades de comunicación para hacerlos más sensibles/perspicaces a la hora de considerar al individuo enfermo en toda su dimensión (biológica y biográfica), y dotarles de instrumentos para hacer frente a las situaciones difíciles que vivirán. En segundo lugar, otras posibles propuestas son: fomentar ambientes sosegados en los hospitales, sin ruidos innecesarios, con salas de espera o de información más acogedoras, sensibilizar a las gerencias sobre la importancia de los tiempos dedicados a la comunicación para que sean contabilizados como parte integrante de la asistencia, o liberalizar los horarios de las visitas en las unidades de cuidados críticos para permitir que se creen espacios menos artificiales de comunicación entre profesionales y familiares.