El cine como instrumento de comunicación sanitaria

José Elías García Sánchez, Enrique García Sánchez, María Lucila Merino Marcos

COMENTARIO EDITORIAL

Sergio Erill

Catedrático de Farmacología. Director de la Fundación Dr. Antonio Esteve. Barcelona.

 

Resulta difícil ofrecer un comentario que aporte dato alguno al magnifico trabajo de los autores de "El cine como instrumento de educación sanitaria". Por ello procuraré dejar de lado mi condición de médico que analiza el cine guiado por la erudita exposición que nos brindan e intentaré imaginar qué influencia puede ejercer el cine en el espectador medio.

Es obvio, como se señala en este trabajo, que el cine ofrece un caudal de información sanitaria que engloba, entre otros elementos, la descripción de enfermedades y de las emociones que despiertan en los que las padecen y en sus allegados, la disponibilidad de medidas preventivas, tanto de tipo higiénico como las ofrecidas por las vacunas y los medios de diagnóstico precoz, como los remedios a nuestro alcance e incluso los procesos que permiten su descubrimiento y desarrollo. Parece evidente que esta información ha de repercutir en el estado de ánimo de los espectadores y que puede impartir conocimientos útiles o influir inconscientemente en su conducta. Así, no cabe despreciar la posibilidad de que el cine sea capaz de añadir un elemento de compasión hacia enfermedades que antes sólo habían despertado repugnancia o simplemente indiferencia, o que el espectador adquiera conciencia de prácticas higiénicas que hasta entonces le habían pasado inadvertidas o que veía como simples rituales innecesarios. Por otra parte, aspectos que en una película pueden pasar inadvertidos a cualquier cinéfilo quizás hayan tenido una influencia sutil pero muy beneficiosa. Uno se pregunta, por ejemplo, si la presencia constante de medidas de seguridad en películas americanas en las que fornidos actores secundarios realizan rutinariamente tareas tales como pintar a pistola utilizando máscaras protectoras, no habrán contribuido a que poco a poco los trabajadores españoles hayan aceptado, por fin, sin sentirse ridículos, ésta y otras medidas de seguridad, por fortuna cada vez más corrientes en nuestro entorno.

Cabe preguntarse, con todo, si los datos referidos a enfermedades en películas como las que citan los autores de este ensayo tienen una influencia directa sobre la educación sanitaria del espectador. Una respuesta fiable sólo podrían proporcionarla encuestas u otros tipos de análisis y, aunque resulta tentador presuponerlo, puede ser difícil aventurar una opinión positiva. Es posible plantearse si, a este respecto, el elemento entretenimiento, con su cortejo de situaciones, emociones e impacto del desenlace, puede dejar tan sólo una huella emocional que ocupe el lugar de la información factual que proporciona la narrativa. ¿Cuántos pacientes se habrán dirigido al médico preguntándose, con acierto, si los síntomas que perciben pueden ser los mismos que los del protagonista de tal o cuál película? ¿Ha sido tan determinante la información ofrecida por el cine como la que deriva de las series de médicos en la televisión? Por supuesto, no se trata de pretender que el cine sea simplemente un instrumento de educación que por su atractivo mejore el nivel de toda la ciudadanía, pero sería muy deseable disponer de datos contrastados que permitieran conocer con precisión su impacto.

En un entorno sanitario, cabe también preguntarse hasta qué punto el cine puede haber influido en la orientación profesional de quienes se han inclinado por el mundo de la sanidad. Tampoco aquí, claro está, es posible intuir una respuesta.Tradicionalmente, el rol social del médico y las sagas familiares han sido determinantes en la elección de esta profesión, pero en un momento en que estos factores parecen claramente en retirada, no sería disparatado imaginar que el cine (y sus hermanas menores, muchas series de televisión) juegue un papel no despreciable.

Todas las monedas tienen dos caras -algunos sostenemos que como mínimo-, y por lo tanto junto a la virtud de hacer presente que la introducción de nuevos medicamentos requiere imprescindiblemente la realización de ensayos clínicos, pueden también sembrarse dudas que pueden resultar peligrosas. Ahondando en este ejemplo, es importante recordar que los ensayos clínicos son una tarea que, como cualquier otra, puede realizarse de manera científica, y éticamente impecable, pero también de modo totalmente inaceptable. Si sólo se hace referencia a los ensayos clínicos en unas pocas películas y las más impactantes son las que destacan casos aberrantes, puede verse afectada la capacidad del espectador para aceptar la participación en uno de ellos, lo que, en no pocos casos, le habría reportado beneficios ciertos. En otro orden de cosas, y aquí cabe resaltar el elemento positivo, la referencia a las graves consecuencias que pueden derivarse de la adulteración de medicamentos puede abrir a muchos los ojos y concienciarlos de la necesidad de luchar en todos los frentes contra esta plaga tan extendida en el tercer mundo y a la que el advenimiento de Internet ha dado nuevas e insospechadas alas.

En suma, los autores de esta revisión nos recomiendan disfrutar del cine y aprender de él. No les faltan razones, y debemos agradecerles que nos las hayan hecho tan evidentes.