Alimentos funcionales

Algunas reflexiones en torno a su necesidad, seguridad y eficacia y a cómo declarar sus efectos sobre la salud

M. Carmen Vidal Carou

COMENTARIO EDITORIAL

Abel Mariné i Font

Catedrático de Nutrición y Bromatologia. Facultad de Farmacia. Universidad de Barcelona.

 

Al comprar alimentos en los comercios o supermercados, al lado de los productos ordinarios vamos observando la presencia creciente de alimentos como leches (o mejor dicho preparados lácteos) con omega-3 y margarinas o leches fermentadas con fitosteroles (que nos ayudan a reducir el colesterol u otros riesgos de trastornos cardiovasculares), productos con fibra incorporada para regular el tránsito intestinal o con “efecto bifidus”, leches fermentadas con péptidos que ayudan a disminuir la tensión arterial, bebidas con antioxidantes incorporados, etc. La variedad de oferta de alimentos aumenta, pero no sólo en el sentido de proporcionar productos de más calidad y más agradables al paladar, sino también que contribuyen, o pretenden contribuir, a mejorar nuestra salud y bienestar de una forma asequible y sin que medie necesariamente un profesional sanitario. En el fondo el hecho no es nuevo. Muchos alimentos se han relacionado tradicionalmente con efectos beneficiosos y hasta medicinales. Baste recordar el ajo, el aceite de oliva o expresiones como “an apple a day keeps the doctor away” (una manzana al día mantiene el médico en la lejanía) o “cebollas, limón y ajo, médicos al carajo”.

En la sociedad desarrollada y “bien” alimentada o, muchas veces, “demasiado” alimentada, en la que todos aspiran a una larga vida en perfecta forma física y mental, el concepto hipocrático de “que los alimentos sean tu medicina y los medicamentos tu alimento” vuelve a estar de actualidad. Para muchas personas no basta con que los alimentos cumplan con los requisitos de valor nutritivo, calidad y seguridad, sino que se buscan en ellos, además, acciones preventivas o incluso, de hecho, terapéuticas. Es decir, los conceptos de alimento y medicamento se aproximan cuando no se confunden.

Es un hecho evidente que una correcta alimentación contribuye a una buena salud individual y colectiva, pero desde hace unos años para muchas personas ya no sólo se trata de combinar mejor los alimentos ordinarios, sino de modificarlos o diseñarlos para que aporten un “plus” de efectos saludables, cuanto menos en el sentido de disminuir los riesgos de diversas afecciones, especialmente las relacionadas con las llamadas enfermedades de la abundancia o la civilización.

En este contexto ha surgido una nueva categoría de alimentos denominados funcionales, que Roberfroid define como “aquellos que contienen un ingrediente, un micronutriente o un producto natural sobre los cuales se dispone de resultados científicos que demuestran interacciones significativas y beneficiosas con una o un número limitado de funciones del organismo”. Otras definiciones que se han propuesto son “alimentos procesados que contienen ingredientes que ayudan a funciones biológicas del organismo, además de ser nutritivos”, o “alimentos o bebidas a los que se atribuyen efectos saludables positivos más allá de su valor nutritivo básico”. Hay otros términos, más o menos sinónimos, aunque caben matices y distinciones como: nutracéutico, alicamento, farmaalimento, alimento para uso específico saludable o fitoquímico. Este último término asocia también este segmento del mercado de alimentos con las plantas medicinales. Es ilustrativo que ya en 1999 la revista “Nature Biotechnology” dedicara una reflexión a los “agriceuticals”.

Los eventuales efectos beneficiosos de los alimentos funcionales, como son disminución del riesgo de trastornos cardiovasculares o de ciertos cánceres, regulación de funciones intestinales, mejora de la memoria y otros, deben estar científicamente bien demostrados, lo que significa conocer los componentes de los alimentos responsables de dichos efectos y los mecanismos implicados. Esto ha llevado a un gran desarrollo en el estudio de la naturaleza y efectos de los componentes naturales de los alimentos, que va más allá de los nutrientes clásicamente considerados: hidratos de carbono, proteínas, grasas, vitaminas y minerales. Los eventuales componentes naturales de los alimentos con propiedades funcionales son: carotenoides, polifenoles, oligosacáridos, ácidos grasos poliinsaturados, fitoestrógenos, glucosinolatos, bacterias lácticas, etc. y también fibra, vitaminas y minerales en determinadas dosis. Es básico evaluar dosis y efectos que permitan fundamentar su eventual carácter funcional o “bioactivo”. Esta evaluación se plantea con unas exigencias más o menos análogas a las de los medicamentos, con dos diferencias significativas: que los efectos, ya que se trata de alimentos, son más suaves que los de los fármacos y, por lo tanto, más difíciles de observar y determinar, y que no deben darse efectos secundarios que podrían ser tolerables en el caso de los fármacos.

Una cuestión importante es si el calificativo de funcional debe ser aplicado sólo a alimentos nuevos o con ingredientes nuevos o es extensivo a alimentos “ordinarios” con contenidos significativos de componentes con acciones positivas probadas. Téngase presente que los ingredientes funcionales son naturales y que pueden ser nuevos para algunos alimentos pero que son propios de otros. Así, los ácidos grasos omega-3 se añaden a productos lácteos, pero forman parte de la composición natural del pescado graso. Otra cosa es que para su obtención a escala industrial la sustancia idéntica a la natural se obtenga de otras fuentes o por otros procedimientos. Muchos autores consideran que el carácter funcional debe reservarse para aquellos productos alimenticios elaborados, en los que en su diseño se haya llevado a cabo algún tipo de adición o proceso para que efectivamente sean funcionales, es decir que respondan a una formulación que confiera al producto en cuestión un valor de salud añadido respecto a los alimentos “ordinarios”, sin negar a éstos sus correspondientes efectos beneficiosos, además del normal valor nutritivo, si ha lugar. Así, por ejemplo, una bebida refrescante de zumos de fruta, con fructosa y edulcorantes, enriquecida con vitaminas A, C y E, que se promocione como que “ayuda a combatir la oxidación” es un alimento funcional. Pero también es cierto que pueden esperarse efectos iguales de un zumo de frutas y hortalizas recién obtenido o procesado con tecnologías suaves, que entre sus componentes propios también tiene antioxidantes y vitaminas. Probablemente el primer producto pueda garantizar mejor las dosis de ingredientes activos, ya que se han añadido, pero esto no nos puede llevar a afirmar con carácter general que sea mejor. Por otro lado, se puede mejorar el contenido de ingredientes activos de productos naturales por procedimientos clásicos de selección genética como, por ejemplo, comentaban Maas y cols., ya en 1991, con respecto al ácido elágico (un polifenol), que se encuentra en fresas y otras frutas y que tiene actividad anticarcinógena.

En cualquier caso, los alimentos funcionales son y serán cada vez más importantes, y optar por ellos es una libre elección de los consumidores, en función de sus deseos, criterios e información de que dispongan. Es evidente, por lo tanto, que la información y publicidad de estos alimentos debe responder a evidencias científicas y hay que extremar el rigor en lo concerniente a las alegaciones de promoción de estos productos.

Los alimentos funcionales no son una panacea y no deberían ser un recurso fácil para compensar dietas inadecuadas o insuficientes, aunque es evidente que puede ser más cómodo consumir un alimento funcional que dedicar la debida atención al conjunto de la dieta. La primera regla para una correcta alimentación sigue siendo una dieta suficiente, variada y equilibrada, que si es así ya incluirá los componentes funcionales propios de la naturaleza de los alimentos ingeridos. No hay que olvidar que los alimentos funcionales nacieron pensando en las poblaciones de riesgo o afectadas por ciertas afecciones muy difundidas, no para la población sana. Así, por ejemplo, una ingesta adecuada de pescado azul facilita el aporte conveniente de ácidos grasos omega-3 para una persona sana. Los alimentos funcionales, en este caso con contenidos adicionados conocidos de omega-3, adquieren todo su sentido para personas con riesgo real o ya con trastornos relacionados con los lípidos, para las que está justificado asegurar una dosis constante y eficaz de un ingrediente funcional, más allá del aporte más o menos variable de la dieta, suficiente para la población sana.

En definitiva, ante los alimentos funcionales no caben ni entusiasmos excesivos ni desconfianzas “a priori”. No responden simplemente a razones de “marketing”, sino que pueden contribuir eficazmente a la salud individual y colectiva, aunque a veces algunas formas de promoción simplifican en exceso o dan sesgos indebidos a sus propiedades beneficiosas.

Precisamente porque los efectos de muchos ingredientes y componentes funcionales son reales, es importante que el médico al prescribir fármacos y el farmacéutico al dispensar y hacer el seguimiento de la prescripción tengan en cuenta los eventuales efectos de los alimentos funcionales que pueda estar tomando el paciente o recomendar y supervisar su consumo, si lo creen conveniente.

Una cuestión importante es que los alimentos funcionales están al alcance de todas las personas y con menos controles que los medicamentos que no requieren receta médica. El consumidor es aquí responsable de lo que ingiere y de sus eventuales efectos y tiene derecho a ser debidamente informado.

El “éxito” de los alimentos funcionales ha impulsado positivamente la investigación y el progreso en el conocimiento de los muy diversos componentes de los alimentos y sus efectos sobre el organismo. A los alimentos siempre se les ha atribuido un papel importante en la salud, con diverso fundamento. Hoy la investigación en torno a los alimentos funcionales ha ratificado, rectificado o ampliado estos datos “tradicionales” y disponemos de alimentos con propiedades saludables científicamente demostradas que los profesionales sanitarios deben conocer y recomendar, si ha lugar, y los consumidores elegir si su salud realmente lo requiere.

Bibliografía

- Goldberg R. The bussiness of agriceuticals. Nature biotechnology 1999; 17 (Supl.): BV5-6.
- Maas JL, Galletta GJ, Stoner GD. 1991. Ellagic Acid, an Anticarcinogen in Fruits, Especially in Strawberries: A Review. HortScience 1991; 26 (1): 10-14.