La excelencia en las profesiones sanitarias
Victoria Camps
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RESUMEN |
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El artículo empieza con el planteamiento de dos cuestiones: ¿podemos entender la excelencia profesional como un valor ético?, y ¿cuáles son los valores o virtudes intrínsecos a las profesiones sanitarias? La respuesta a la primera pregunta no es sino la constatación de las insuficiencias que muestran las profesiones sanitarias para responder adecuadamente a las directrices expresadas por los primeros redactores de códigos deontológicos: Hipócrates y Confucio. Una serie de factores, entre los que destaca la mercantilización de las profesiones, impiden tener como objetivo primordial el interés público y no los distintos intereses privados o corporativos. Por otra parte, la división del saber y la especialización profesional privan a la práctica profesional de la inspiración humanista que debería tener por encima de todo una profesión dedicada a la protección de la salud de las personas. Si la profesionalidad debe ser entendida como una virtud, conviene precisar qué cualidades han de constituir, en el caso que nos ocupa, la excelencia profesional. Aristóteles, el gran teórico de las virtudes, sirve aquí de guía para ir descubriendo y determinando qué virtudes deberían adornar la práctica sanitaria. Además de los valores tradicionalmente reconocidos, como la benevolencia o el respeto, se pone especial énfasis en la importancia del cuidado, un valor nuevo, que algo tiene que ver con la mayor visibilidad de la mujer en la sociedad y en las profesiones sanitarias. El cuidado es un valor que complementa al de la justicia y que cobra especial relieve en una época en que la curación del paciente no puede ser ya el único fin de la medicina. Por lo que hace a la confianza, una relación de confianza debería sustituir a la relación paternalista clásica que no tenía en cuenta el protagonismo del paciente. Una serie de cambios sociales, culturales, políticos, organizacionales y también éticos, fuerzan a las profesiones sanitarias a evolucionar hacia un modelo centrado en el paciente, que tenga en cuenta la capacidad de éste para tomar decisiones sobre su propio cuerpo, así como la importancia de la comunicación y el diálogo para afrontar decisiones complejas y difíciles. Otra virtud fundamental en la práctica sanitaria es la virtud clásica de la prudencia que hoy podríamos redefinir como capacidad de “autorregulación” de los profesionales. Si siempre la aplicación de la norma al caso concreto requiere una cierta creatividad y sentido común, dicho requisito se hace más urgente en la práctica sanitaria, que siempre tiene que habérselas con individualidades y con casos singulares. La bioética enseña que existen unos principios básicos que definen la buena práctica clínica. Sin embargo, el conocimiento teórico de los mismos es claramente insuficiente para garantizar dicha buena práctica, la cual ha de consistir en la adquisición de hábitos, en la voluntad de actuar con corrección y justicia y en una cierta habilidad para decidir pensando por encima de todo en el bien del paciente. La excelencia profesional así entendida equivale al ejercicio de la responsabilidad no sólo profesional, sino ciudadana. Volviendo al punto de partida, el ejercicio de cualquier profesión no debería tener como único objetivo el éxito personal, sino atender, en el caso de las profesiones sanitarias, al bien del enfermo e intentar conseguir para tales profesiones el prestigio y la dignidad que les corresponden. |