El suicidio médicamente asistido

Albert Royes i Qui

COMENTARIO EDITORIAL

Prof. Sergio Erill

Catedrático de Farmacología. Director de la Fundación Dr. Antonio Esteve. Barcelona

 

El Profesor Royes nos presenta en su artículo una revisión académica de la naturaleza del suicidio asistido, y en buena medida de la eutanasia, así como una exposición detallada de los requerimientos y condicionantes que rigen en los países en los que uno u otra están legalmente aceptados. Es difícil aportar ningún comentario que pueda estar a la altura del rigor argumental del autor, pero las bellas palabras finales de su artículo dan pie a una reflexión de base emocional sobre estos temas.

Royes habla de la posibilidad de que quienes colaboren a un suicidio puedan considerarse personas compasivas y que su actuación pueda verse como un acto de amor. Una concepción de este tipo habrá de horrorizar a quienes reclaman un derecho a la vida, convertido en una obligación de vivir aun en las peores circunstancias imaginables, sin que parezca que les preocupe mucho la pena capital, o contemplen la disposición a morir para salvar la virginidad o el respeto verbal a una creencia como un acto loable. Los progresos de la medicina han llevado a que se multipliquen situaciones en las que pacientes que en otros tiempos hubieran fallecido más o menos rápidamente se vean abocados a vivir durante meses, años y hasta décadas en una situación de sufrimiento que a muchos les resulta insoportable. Nadie que contemple el suicidio médicamente asistido como una opción para el paciente desea que esta alternativa sea la excusa para una serie creciente de muertes provocadas, sino que antepone la dignidad y libertad de la persona a cualquier imposición.

No cabe duda de la naturaleza emocional que subyace en la referencia a la "pendiente resbaladiza" y no está de más contraponer aquí este temor a los hechos: No se ha detectado incremento alguno en los casos de suicidio asistido en los nueve años de su existencia legal en Oregón. En Holanda la eutanasia y el suicidio asistido fueron despenalizados en 2002, si bien estas prácticas venían siendo abiertamente toleradas y estudiadas desde muchos años antes. Ello permite disponer de datos de 17 años, los cuales muestran también que el uso de estas prácticas ha permanecido estable durante todo este período. No hay, pues, "pendiente" ni tampoco los pacientes parecen pertenecer a grupos marginados. Los datos de Oregón indican, por el contrario, que predominan los pacientes con niveles elevados de educación, sin problemas en el acceso a la atención sanitaria y que conocen perfectamente los cuidados paliativos disponibles.

Frente al empecinamiento terapéutico tan abundante en determinados entornos y que ofrece casi siempre alargamientos de la vida a costa de incontables sufrimientos, cabe anteponer la experiencia de Oregón. Allí, sólo 1 de cada 1.000 muertes se debe a suicidio médicamente asistido, pero su introducción ha llevado a que 1 de cada 50 pacientes en trance de muerte en este Estado hable de esta posibilidad con su médico e incluso 1 de cada 6 trate de ello con su familia. No hay indicación alguna de incremento incontrolado y lo que se detecta es una actitud más abierta, que quizás sea la causa de que no se haga referencia ya a "suicidio" sino a "muerte médicamente asistida".

Obviamente, estar a favor del suicidio médicamente asistido no supone despreciar las virtudes de los centros de asistencia a pacientes graves o terminales, los hospices de los que habla Royes. Antes al contrario, hay que luchar para que estructuras de este tipo estén a disposición de todo el mundo y que su calidad asistencial, que quiere decir mucho más que una buena atención médica o de enfermería, sea inmejorable. No se trata de contraponer esta opción a la posibilidad de acceder a un suicidio médicamente asistido, y no deja de ser interesante recordar que en Holanda, al tiempo que no han aumentado los casos de eutanasia y suicidio médicamente asistido, sí han incrementado los cuidados paliativos y las instituciones de tipo hospice.

Un médico americano del siglo pasado, con un interés particular por la vertiente terapéutica del ejercicio de la medicina, hablaba de la necesidad de que la terapéutica se realizara con conocimiento y compasión. Quizás sea oportuno insistir en la necesidad de que siempre, y en particular en situaciones difíciles, la ignorancia no derrote al conocimiento y la arrogancia no nuble la compasión.