El hecho migratorio y la vulnerabilidad

del sistema sanitario en España

Josep M. Comelles y Mariola Bernal

COMENTARIO EDITORIAL

Dr. Oriol Romaní

Departament d’Antropologia, Filosofia i Treball Social, Universitat Rovira i Virgili. Tarragona. Grup Igia. Barcelona.

 

La inmigración extraeuropea es uno de los tres grandes temas de fondo que, a lo largo de los últimos treinta años, ha marcado la reorganización de las relaciones de convivencia y de las políticas en nuestro continente, al lado del “terrorismo” y “la droga”. Éstos han sido los tres fantasmas, si se me permite la expresión, que han acompañado los procesos de reorganización del mundo en torno a la hegemonía del capital financiero, es decir, el proyecto de imposición del neoliberalismo al que se suele dar el bonito y enmascarador nombre de globalización. Los tres flagelos figuran casi siempre como la motivación que justifica la creación de leyes cada vez más restrictivas de los derechos humanos, sociales e individuales básicos. Curiosamente, coincidiendo con el desmantelamiento de los estados del bienestar que tanto había costado desarrollar en la Europa del siglo XX, y los movimientos de resistencia al mismo por parte de diversos y significativos sectores sociales.

Si menciono esta historia que, desde las corrientes críticas de las Ciencias Sociales y Políticas contemporáneas es bien conocida, es para recordar que la vida en nuestro país ya había sido negativamente condicionada, desde finales de los años setenta del pasado siglo, por los fenómenos del “terrorismo” y “la droga” y, en cambio, la afluencia de migraciones de la parte Sur del mundo es una novedad, por las dimensiones y el escaso tiempo en que ha ocurrido, pasando a constituir la población migrante de menos del 3% del conjunto a en torno al 10% en la última década. Como no podía ser de otra manera, ello ha impactado en los servicios sociales básicos, la educación y la sanidad, teniendo en cuenta además las peculiaridades del estado español, salido de una dictadura y teniendo que construir un estado del bienestar, que se aproximara a este concepto, en el momento de las restricciones y cuando los demás “ya estaban de vuelta”.

Me parece, pues, muy oportuno, que ahora y aquí podamos reflexionar sobre este acuciante fenómeno, que nos plantea interesantes desafíos teóricos pero, sobre todo, muchos interrogantes en la práctica cotidiana de los profesionales sanitarios; y que lo podamos hacer a partir de las incisivas aportaciones de Comelles y Bernal, que llevan ya unos cuantos años trabajando sobre el tema y, en el caso del Dr. Comelles, con la autoridad de ser el “jefe de filas” (o como él seguramente preferirá, el “primum inter pares”), de la Antropología de la Medicina en España.

Tal como se plantea en el artículo, las oleadas migratorias de los últimos años constituyen un fenómeno imprevisto en una España que, a pesar de las profundas transformaciones de su Estado, desde un modelo epígono del jacobinismo francés hacia un modelo descentralizado, no ha sido capaz de integrar su propia diversidad cultural como un elemento clave de su reorganización y, sobre todo, de las nuevas culturas profesionales que ésta suponía. Quizás en parte porque, de una forma especular, se han tendido a reproducir modelos culturalmente monolíticos, esta vez en torno a las élites dominantes en cada una de las Comunidades Autónomas. Sea como fuere, y a pesar de los significativos indicios y avisos que se mencionan en el texto, y que algunos profesionales señalaron en su momento, la imprevisión fue espectacular: hasta que no los tuvimos aquí de una forma tan evidente que ya no era posible mirar hacia otro lado, las instituciones públicas no se tomaron este tema como una prioridad.

Ello nos coloca delante un gran número de cuestiones, muchas de las cuales se desarrollan en el texto que nos ofrecen Comelles y Bernal, muy rico en análisis y sugerencias, y del cual yo señalaría los siguientes elementos básicos.

En primer lugar, la importancia de la heterogeneidad social y cultural: ésta ya era un dato de la vida de nuestra sociedad antes de las últimas oleadas migratorias, y con ello me refiero no tanto a la convivencia de andaluces, catalanes o gallegos, pongamos por caso, sino sobre todo a los distintos modos de vida ligados a la generación de pertenencia, a los géneros, sus relaciones, y las reubicaciones de los roles y las orientaciones sexuales, a los recursos económicos y sociales, a los distintos trabajos y sus transformaciones junto a las adscripciones de clase, a los hábitats urbanos o rurales, a los distintos consumos, dietas y demás, a las diversas maneras de comunicarse y expresarse, a las distintas tradiciones locales, etc.; todo ello se complica más en la actualidad, cuando las migraciones, además, han significado procesos de interacción, de hibridación y semejantes, distintos en cada zona por los distintos tipos de migrantes y sus bagajes correspondientes, por un lado, pero también, por el otro, de los trabajos, la población previamente asentada, las condiciones sociales, sanitarias, de vivienda, etc. a las que han llegado y que su llegada está contribuyendo a transformar, en unos casos de forma mas conflictiva que en otros. Todos estos cambios socioculturales, los anteriores y los más recientes, se han reflejado también en unos cambios en la demanda sanitaria, a los que el sistema ha tenido que ir dando algún tipo de respuesta.

El corolario de todo ello es que las recientes migraciones han puesto de manera inexcusable ya sobre el tapete una cuestión soslayada hasta ahora y es que, por más que la biomedicina se empeñe, y como dicen los autores, “la sociedad existe”. Hay muy diversas situaciones de equilibrio o desequilibrio más o menos estable dentro de los procesos que van de la salud a la enfermedad y viceversa, que sufren y gozan personas que viven en sociedad, con sus sentimientos, relaciones, aspiraciones, fatigas y realidades cotidianas que se entrecruzan en sus cuerpos y son “procesadas” en ellos, con equipamientos biológicos distintos y que, cuando las cosas vayan mal, quizás demanden, en diferentes momentos en cada caso, asistencia sanitaria. Cuando decimos que lo que existen son los enfermos y no la enfermedad, si somos consecuentes tenemos que darnos cuenta de que el foco central de una medicina adaptada a nuestra sociedad debería ser la que considerara como dato duro el del enfermo situado en su trama sociocultural; de ahí debería derivarse una verdadera interdisciplinariedad, situada en el contexto de los modelos complejos y cibernéticos de la ciencia contemporánea, cosa bastante lejana, por cierto, del “adorno” humanístico-social con el que a veces pretende querer complementarse la biomedicina para -dicen- responder así a los retos de nuestras sociedades.

Como consecuencia de esta emergencia de la diversidad, creo que también es interesante señalar la conciencia que ello facilita de poder analizar la propia cultura médica, como la cultura hegemónica dentro de las culturas sanitarias, y ser capaces de analizar el rol que juega en los programas y actividades clínicas. De ahí, por tanto, la necesidad de que en las Facultades de Medicina se integren las ciencias sociales y humanas, para preparar a los futuros médicos con lo que realmente se encontrarán, y que no tengan que suplirlo sólo por la intuición y la experiencia, aunque, con todo lo bueno y lo malo que ello pueda tener, ésta es insustituible. Pero estos conocimientos no tienen que ir tanto en la dirección de un catálogo de “variedades socioculturales”, sino de una formación metodológica que prepare al trato con la diversidad y el cambio constante que es con lo que, en definitiva, tendrán que confrontarse los profesionales sanitarios, tal como ya ocurre en la actualidad.

Para terminar, creo que la intensificación de las migraciones en España nos indica que, también en el campo de los procesos de salud/enfermedad y atención, tenemos que aprender a gestionar la diversidad sociocultural: por eficacia, y porque una buena gestión de esta diversidad es, en el fondo, lo que posibilitará el desarrollo de una democracia robusta, medio que, hoy por hoy, parece el más adecuado para poder desarrollar esto que lamamos una vida sana.