Hacia la eficacia sociopolítica frente al sufrimiento humano
Javier Monserrat
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COMENTARIO EDITORIAL |
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Dr. Francesc Abel i Fabre Director del Institut Borja de Bioética. Esplugues de Llobregat (Barcelona)
El estudio del profesor Javier Monserrat que presentamos en este número trata un tema de gran actualidad y está muy bien fundamentado; se presenta como un ensayo de filosofía política analizado desde cuatro factores. El autor, atento a la evolución de la filosofía política a través de los tiempos, percibe en el momento actual la emergencia de un tiempo nuevo y un nuevo protagonismo histórico representado por la sociedad civil. Esta filosofía política parte de la consideración de que el sufrimiento humano, especialmente el que encontramos en las diferencias abismales entre el Norte rico y el Sur pobre, requiere urgentemente una acción por parte de todos los agentes sociales, pero especialmente por parte de la sociedad civil autónomamente organizada frente al poder político como actor esencial de la historia futura. La actuación de la sociedad civil es analizada a través de cuatro factores: 1) una nueva sensibilidad ético-utópica; 2) un nuevo proyecto de acción en común que el autor denomina “proyecto universal de desarrollo solidario (UDS)”; 3) una estrategia de acceso a este proyecto; 4) considera necesario que la sociedad civil consiga un talante de desideologización y pragmatismo. El autor aborda la pregunta sobre si la filosofía de la sociedad civil americana es congruente con el proyecto UDS. Desde su perspectiva sería un error pragmático actuar al margen o en contra de los Estados Unidos dado el papel protagonista de este país en el panorama geoestratégico mundial. Los problemas tratados desde la filosofía política evidencian el rigor propio de un buen profesor universitario. Personalmente, me ha interesado comprobar la confluencia que se da, en las profesiones sanitarias, en anunciar y reclamar el protagonismo de la sociedad civil en camino hacia el ideal de llegar a ser el ámbito ético deliberativo en la toma de decisiones que nos afectan a todos. Especialmente, en la exigencia de que el desarrollo de recursos humanos se oriente a las necesidades de los ciudadanos. Hacia esta meta apunta seriamente y con fuerza el “Llibre blanc de les professions sanitàries a Catalunya” y realizaciones concretas y eficaces como las promovidas por el Dr. Albert Jovell en el foro y la “Universidad de los Pacientes”. Todo ello requerirá, a nuestro parecer, elevar la discusión bioética a la categoría de doctrina política para la resolución de conflictos morales mediante la consulta a los ciudadanos correctamente informados, es decir, una democracia deliberativa. En la misma dirección del profesor Monserrat apunta la propuesta del teólogo Hans Küng de una ética universal fundada en una paz universal solamente posible a través de un diálogo entre las religiones y un cambio de mentalidad con un compromiso, con una cultura de la no violencia y respeto a toda vida; un compromiso a favor de una cultura de la solidaridad y un orden económico justo; un compromiso a favor de una cultura de la tolerancia y un estilo de vida coherente; y un compromiso hacia una cultura de la igualdad entre hombre y mujer. También nuestro autor considera necesario el paso del paradigma griego geocéntrico o religiocéntrico de la vida humana y social al paradigma de la modernidad, en la que el cristianismo debería instalarse en la epistemología de la modernidad. Con ello debería admitirse que este mundo puede ser también entendido sin Dios, en el ateismo, o en la oscuridad del agnosticismo. Dios, pues, se habría alejado de la realidad para dejar abierta la libertad del hombre en la historia, aunque dejando al mismo tiempo signos no impositivos, pero argumentables, de su presencia. Este paradigma de la modernidad, coordinado con la imagen moderna del mundo en las ciencias naturales y humanas, facilitaría el nuevo dialogo entre las iglesias cristianas y entre estas y las otras religiones Este diálogo permitiría sumar esfuerzos en un movimiento laico y civil de la humanidad hacia la convergencia de libertad creativa, solidaridad, justicia y paz interhumanas. Otra idea en la que coincido con el autor es la de reconocer la emergencia de una nueva sensibilidad ético-utópica que se da en el área que nos ha motivado desde hace más de treinta años, es decir, la bioética clínica y la bioética global. La dimensión de bioética global se separa en el año 1985 de la bioética clínica -como reacción de Van Rensselaer Potter, disgustado con la orientación clínica de la bioética del Kennedy Institute. De esta manera, la orientación del pionero de la bioética André Hellegers hacia las dimensiones medioambientales de población y recursos, de materias no renovables y gasto energético quedó en parte disociada de la bioética clínica, excepto en la problemática de la distribución de recursos limitados. Hoy ha surgido con fuerza la voz de la Bioética Latinoamericana que propugna una nueva epistemología para la bioética que sea realmente transdisciplinar y que integre el paradigma de la complejidad y el análisis de la realidad como totalidad concreta. La Bioética Latinoamericana reacciona con dureza a la consideración y aparente aceptación del mundo occidental de los llamados principios de la bioética. Coincidimos con los médicos, filósofos, sociólogos y teólogos latinoamericanos en su protesta por la inclusión de la justicia como principio bioético al lado de la autonomía y de la beneficencia. Con ello se considera que el principialismo de Beauchamp y Childress subordina los derechos humanos a los principios o razones estratégicas, minimiza las valoraciones culturales y comunitarias en la formulación del deber ser y finalmente que el “principialismo americano” se enfrenta al concepto de dignidad humana al colocar las razones de la justificación moral por encima del “ser en sí y para sí” del hombre. Subrayan, además, que esta ética olvida que la pregunta a la que debe responder una ética verdadera hoy es el lugar que ocupan los derechos humanos en tanto concepto ético-jurídico universalizador, con capacidad de superar la multiplicidad de opiniones o la reducción a un punto de vista particular, en el que no se respeta en la práctica el papel de los valores culturales y comunitarios en la razón moral.
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